No pude evitarlo, me calenté viendo el video de mi hijastro

Entré al cubículo del baño dando un portazo. No conforme con eso, pegué con mi puño cerrado a uno de los azulejos, lo que me provocó un dolor punzante y automático en mi mano derecha.

Me ahorré el grito de dolor, porque no iba a darle ese gusto a mis compañeros. Ya se habían burlado de mi hijastro y ya se habían burlado de mí. No era momento de demostrarle debilidad.

Todo sucedió hace unos minutos atrás, cuando Simón y Fonzo, dos empleados de medio pelo sin ninguna clase de neurona, llamaron mi atención mientras transportaba una rez hasta el refrigerador.

– Eh, Robert – dijo Simón. – El que está con tu hijo sos vos, ¿no?

No tengo hijos propios. Sólo el hijo de mi mujer, Silvya, a quien tampoco permito que me llame papá, por más que lo conozco desde los cuatro años. Silvya era madre soltera y el niño me vio como una figura paterna y masculina, aunque en realidad nunca estrechamos verdaderos lazos. La distancia empeoró en la adolescencia.

– ¿De qué me hablás? – pregunté, de mal modo.

No me gustaba que la gente de mi trabajo se metiera con mi familia. Una vez, uno de mis compañeros de trabajo terminó en el hospital después de decir un chiste sexual sobre Silvya. Me suspendieron por un mes y, si no hubiera hecho las paces, probablemente hubiera terminado despedido, por más que yo tuviera razón.

– Pará, tranquilo, es una broma – Simón se apresuró en volver sobre sus pasos. – El del video es tu hijo, ¿no?

Tomé el celular de Simón y, con horror pero cierta fascinación, descubrí a Matt. Tenía un miembro grande en la boca y lo chupaba como si tuviera más experiencia que una prostituta.

– ¿De dónde…? – pregunté.

– Se viralizó – dijo Fonzo. Mucho más precavido que Simón para tratar el tema con delicadeza. – Le dije a Simón que no te lo dijera.

Sentí que perdí los nervios. Siempre Matt me ha parecido un muchacho afeminado, pero jamás imaginé que efectivamente saldría puto. Y, mucho menos, que se diera a conocer su sexualidad mediante un video porno casero. Es que vivimos en una ciudad pequeña, demonios. ¿En qué piensan los que se filman?

Le devolví el celular a Simón, aunque mi primer impulso fue arrojárselo al suelo y que se rompiera. Pero no soy tan tonto como para hacer peligrar mi trabajo una segunda vez.

– Mandamelo – le ordené. – Mandame el video.

Simón arqueó las cejas pero automáticamente se puso a cumplir mi orden. Fonzo abrió la boca, con toda probabilidad de lanzar alguna frase de consuelo, pero yo no me quedé a escucharlo. Me di media vuelta y me fui hasta los baños de hombres. En el matadero teníamos los baños para hombres y otro para mujeres, aunque no había mujeres en el plantel y ese espacio no era más que habitado para aquellos que quisieran drogarse en horario de trabajo. Quizá si me dirigía ahí contaba con un poco de privacidad, pero jamás he entrado en el baño de damas y no iba a hacerlo ahora.

Así fue como, envuelto en bronca, golpeé el azulejo de la pared y, en consecuencia, mis dedos resultados lastimados.

De repente, se me cruzó por la cabeza que aquello era cosa de karma.

Recordé mi adolescencia, cuando con otros dos amigos escarmentamos al puto de nuestra clase. Lo teníamos de punto desde que comenzó el curso con nosotros. Siempre le hacíamos algo.

Pero una vez nuestra broma fue demasiado lejos.

Sucedió en una fiesta de fin de curso, cuando Jorge, Oscar y yo nos dejamos llevar por el alcohol y los comentarios contra el muchacho afrancesado llegaron a límites nuevos. Nuestra violencia no hizo más que aumentar y, nuestro odio hacia él, rompió una nueva barrera.

Se llamaba Keni. O al menos, así le decían. Fanfarronenando, lo sacamos de la fiesta y lo metimos en el bosque, que quedaba a unas cuadras de la casa donde estábamos.

Keni estaba asustado de ir con nosotros, sabía que iba a recibir una golpiza. Pero de todos modos, él se mostraba horrorizado a la vez que inusualmente excitado por acompañarnos. Quizá le iba el rollo del sadomasoquismo, no sé.

Cuando lo metimos al bosque, lo empujamos entre los tres como si fuera una pelota. Pero Keni no demostró miedo ni suplicó por su vida. Al contrario, parecía gozar.

Los tres nos enojamos por su actitud. Si era puto, debía tener miedo, no gozar por nosotros.

– ¿Así que quieres gozar? – fue Oscar el que dijo el comentario que cambió todo. – Pues le daremos algo para gozar.

Y ante mi sorpresa, se bajó su cremallera y sacó su miembro erecto, visible pese a la penumbra de la noche y la escasa iluminación.

Keni, el puto, también la vio, porque automáticamente se arrodilló.

Yo tuve el impulso de marcharme de allí, salir corriendo. Pero me dejé llevar y, en resumidas cuentas, los tres nos montamos a Keni esa noche. Ni siquiera recuerdo todos los detalles, pero recuerdo estar dentro de él mientras tenía la verga de Jorge en la boca.

También recuerdo que los tres acabamos en su rostro y en su ropa. Luego, lo dejamos allí abandonado, mientras nos pedía algo con qué limpiarse. Pero a ninguno de los tres le importó que tuviera que explicar sus manchas de semen. Esa fue nuestra venganza. Nuestra forma de exponerlo.

No volví a ver a Keni después de esa noche, excepto una vez que lo encontré haciendo compras en una farmacia. Pero nos ignoramos mutuamente.

Años después comprendí la gravedad de lo que había sucedido. Años después comencé a distorsionar la historia. Quizá no fue como la recordaba. Quizá realmente los tres golpeamos al muchacho y lo violamos. Pero no es la historia que me cuento para dormir.

Hubo temporadas en donde me despertaba con temor a que la policía entrara en mi casa y me llevara detenido por lo que hicimos esa noche. Es de público conocimiento que en las cárceles, los violadores no la pasan bien. Pero al menos retomaría contacto con Oscar y Jorge, a quien con los años también he dejado de frecuentar.

Alguien llamó a la puerta de mi cubículo y me obligó a frenar mis pensamientos. No me había dado cuenta que, para agregarle otra cuota de horror, el recuerdo me había excitado.

– ¿Robert? ¿Estás bien?

Era Fonzo, el menos idiota de mis compañeros.

– Sí… – respondí, por lo bajo. – Ya salgo.

Respiré y sequé mis ojos. No estaba llorando, pero la rabia que me invadía los había puesto brillosos.

Abrí la puerta y Fonzo mantenía su perfil de precavido. Me fui al lavamanos, porque tampoco me gustaba tener una charla con un hombre en la puerta del baño.

– Le dije a Simón que no te lo muestre – me repitió Fonzo. – Es decir, creo que tu hijastro todavía es menor de edad.

– Ya es mayor – respondí. – Cumplió hace unos meses la mayoría de edad.

– Aun así…

– Aun así no debería mostrarme un video donde se la está chupando a otro hombre – respondí. – Sí, en eso coincido con vos. Pero me alegro saberlo. Odiaría ser el último que se enterara.

Como cierre dorado a la conversación, el video de Simón llegó a mi teléfono. Ni siquiera lo revisé.

Agradecí toscamente a Fonzo por su preocupación y volvimos al trabajo. En ese lugar, no estaba bien mostrar sentimientos a menos que hubiera ocurrido alguna tragedia que lo ameritara. No una tragedia al estilo mi hijastro filmó un video, por supuesto, porque esa llamaba a la burla y no a la compasión.

No comenté nada cuando volví a casa, pero me di cuenta que evitaba a toda costa mirar a Matt. Sólo había visto unos segundos de lo que hizo, pero cada vez que se me acercaba, me revolvía el estómago.

Nunca fuimos muy apegados, por lo que dudaba que el muchacho hubiera notado que me alejé de él. Por su parte, Silvya, mi mujer, no parecía haberse enterado del video, sino me lo hubiera comentado. O hubiéramos tenido una charla que no hubiera terminado bien.

Durante los días siguientes me excluí en la tortura mental sobre todo lo que significaba. Tenía el video en mi celular, pero por algún motivo no me atrevía a verlo y tampoco me animaba a borrarlo.

Mi paranoia comenzó a crecer. Cuando veía a alguien mirando su celular y riéndose, pensaba que estaba viendo el video de Matt. Además, iba al trabajo con el temor que alguno de mis compañeros me hiciera algún comentario al respecto. Iba, eso sí, con la intención de reventar a golpes a quien lo hiciera.

Como decía, durante esos días, me puse a analizar cosas que, con el diario del lunes, eran obvias. Actitudes sobre Matt que estuvieron siempre presentes, pero desde una nueva perspectiva.

Recordé automáticamente a su profesor de inglés. Ese hombre tímido que, al verme, agachaba la cabeza como si estuviera escondiendo algo. Claro que lo hacía. Era más que obvio que se estaba montando a Matt en mi propia casa mientras su madre y yo no estábamos.

La cosa volvió a ponerse obsesiva y, un día, encontré a Matt en compañía de su mejor amigo Lance. Lance, cuyo segundo nombre era Lancelot pero era demasiado ridículo para decirlo al completo y por eso la abreviación, era su amigo desde la escuela. Vivía en casa, conocíamos a sus padres y, los niños crecieron juntos compartiendo sus años de instituto.

Cuando entré en mi cocina, ambos estaban teniendo una especie de pelea por un paquete de galletitas. Por la última, específicamente. Pero eso no fue lo llamativo, sino la parte en cómo los encontré.

Matt, para quitarle el paquete alargado a Lance, lo sostenía de la cintura, mientras su amigo sostenía el paquete en lo alto, lo cual no tenía sentido sobre por qué las manos de Matt estaban allí. Sus rostros estaban el milímetro.

Pero lo peor fue ver la sonrisa en el rostro de ambos. Era una especie de juego seductor en donde sus entrepiernas estaban chocando entre sí. Frotándose entre sí.

Y lo peor es que ni siquiera se detuvieron en cuanto notaron que entré en la cocina.

Me inundó una fiebre iracunda ante la escena, lo que me hizo cometer el error más estúpido de todos.

– Apártense un poco – les dije. – Parecen maricones.

Los chicos se apartaron pero sin dejar de sonreír. Se burlaban de mí. Ambos eran maricones y se burlaban de mí.

Pensé en Keni. Pensé en lo que le había hecho en el bosque hacía unos veinte años atrás. Debía de haber matado a aquel puto.

– Relajate, Robert – dijo Matt.

Robert.

 Matt siempre me llamaba por mi nombre. Yo no era su padre. Ambos lo sabíamos y nunca perdíamos la oportunidad de reafirmarlo. Era una necesidad mutua.

– Sólo estamos peleando por comida – dijo Lance. – Como los bárbaros.

– Los bárbaros se peleaban a muerte – dije. Continuaba furioso pero lo disimulaba. – A menos que uno de los dos termine degollado, apártense.

Los dos se rieron y se marcharon de la cocina, tratándome como un loco que ve fantasmas donde no los hay.

Pero los fantasmas existían. Keni existía. Keni me la mamó y luego me lo monté. Eso era real.

De repente, se me cruzó por la cabeza la posibilidad que Lance fuera el miembro que Matt chupa en el video. No tenía idea de por qué, pero me parecía de vital importancia descubrirlo.

Pensé en el fin de semana. El sábado por la noche, Silvya iría a un cumpleaños de una amiga de su trabajo. Matt, con toda probabilidad, saldría a vaya saber Dios dónde. La casa estaría para mí solo.

Para mí solo, el celular y ese video del que apenas había visto unos segundos.

– Te noto tenso – me dijo Silvya, unos días después, antes de salir a su evento. Matt ya no estaba en casa. – Más tenso de lo usual, quiero decir.

Era verdad que durante toda la semana me había encontrado distante y ausente. Pero no podía evitarlo. No sabía cómo volver después de ese giro en mi camino.

– Esta semana el trabajo fue un infierno – fue lo único que me animé a comentarle. – Sólo quiero dormir un poco.

El trabajo en el matadero no era tan complicado como parecía. Pero siempre me servía como una excusa de evitación.

Cuando Silvya se marchó, decidí que la mejor manera de poder ver aquel video sin ser sorprendido, era hacerlo en el living de casa. De ese modo, escucharía cuando Matt ingresara por la puerta o vería a Silvya llegar en el auto.

El video no duraba más de ocho minutos, pero todo el ritual de preparación previo era necesario. Si Silvya me encontraba en la habitación mirando un video porno de nuestro hijo, la conversación tomaría otros rumbos pocos felices.

Así que para hacer más tiempo y asegurarme que mi mujer no regresara porque se olvidó algo en casa, me metí a darme una ducha mientras dejé mi celular cargando.

Pese a que ya estaba cerca de los 40 años, siempre fui un hombre flaco y, el peso de transportar carne durante todo el día, había funcionado para endurecer mi abdomen. Tras una ducha, me gustaba mirarme frente al espejo. Podía pasar un par de minutos contemplándome.

Pero esa noche, mi ansiedad pudo más. De repente, me sentí igual que, cuando niño, esperaba que mi padre se marchara para hurgar entre sus revistas pornográficas que escondía debajo de la cama.

La primera vez que derramé semen, fue mirando fijamente los pechos de una mujer rubia que, bajo ningún concepto, eran naturales.

Todavía la recuerdo, aunque es probable que en el transcurso de los años tenga otro rostro y otro cuerpo al que era originalmente.

Por algún motivo, ese recuerdo de mis pajas secretas se me vino a la cabeza. Porque cuando descendí al living con el celular en mano, solamente vestido con mi pantalón corto y sin camiseta.

Si me conociera un poco mejor, tendía a mi disposición todas las alarmas encendidas al respecto de lo que iba a suceder a continuación. Pero en ese momento, yo estaba en completa negación.

De todos modos, cuando me senté en un sillón individual, a oscuras, con las ventanas abiertas para poder percibir si alguien llegaba a la casa y puse a reproducir el video de Matt, no me sorprendió que se me pusiera al palo.

Si tenía alguna expectativa con haber visto mal cuando Simón me lo mostró, quedó descartada tras los primeros segundos de video. El cabello negro y enrulado era de Matt. Sus labios potentes y poderosos, abriéndose en torno a aquella verga que metía y sacaba de su boca con ferocidad y sus ojos casi rasgados, que miraban a la cámara (o a quien sostenía la cámara) con gesto seductor, despejaba dudas sobre la veracidad del video.

En ese momento de sentimientos encontrados, en lo único que podía pensar era en el buen trabajo que estaba haciendo ese bastardo. Otra vez recordé a Keni. Recordé la sensación de recibir la mejor mamada que tuve en mi vida. Y me odié por ello pero, a su vez, mi mano libre ya estaba masajeando mi miembro erecto.

Matt no se contentaba con la verga en su boca, sino que la quitaba y lamía los huevos del hombre (¿sería su amigo Lance?). El tipo, con su mano libre, golpeaba la cara de mi hijastro con su herramienta. Y Matt sonreía.

Por un segundo, me puse a imaginar que me lo estuviera haciendo a mí. Ese rostro, que debía reconocer que era bello y casi angelical como el de su madre, en mi entrepierna.

Dejé el celular a un lado y de repente, mi imaginación le ganó a lo que estaba reproduciéndose. Sin ninguna clase de pudor, la imagen de Matt arrodillado ante mí fue poderosa, excitante.

– Cómo te gusta… – dijo la voz en el video.

– Me encanta – le respondía Matt.

Eso no hizo más que acrecentar mi ritmo frenético. La culpa vendría después, cuando me estuviera limpiando los rastros de semen de mi estómago. El autodesprecio también.

Recordé cuando había percibido que Matt tenía buenas nalgas. Un pensamiento inocente y, descartado tan rápido como llegó. Pero quedó en mi memoria y ahora se desbloqueaba.

Tenía grandes nalgas. Un cuerpo que no era del todo proporcionado, pero cuyo gran atributo era esas naranjas redondas que estaban al finalizar su espalda.

Me imaginé entrando allí. Metiendo mi cara ahí, saboreando con mi lengua su gusto a juventud, por donde tantos otros hombres han entrado y gozado, como ese profesor particular que agachaba la cabeza cuando me veía.

Sentía que estaba por llegar al clima. Aquello por lo que me había reservado toda la noche, el masturbarme por mi hijastro, estaba por culminar. La primera y única vez, me dije.

Pero entonces la luz del living se encendió y yo sentí el infarto de quien es descubierto en pleno acto delictivo.

Pensé automáticamente que se acabó. Silvya me dejaría. El video continuaba reproduciéndose con su hijo practicando una felación y yo tenía mi verga erecta entre mis manos.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó.

Una voz masculina.

Peor que Silvya. Era Matt.

Me levanté del sillón, metiendo mi verga erecta en mi pantalón corto, el cual no disimulaba para nada. Lo miré con aspecto severo, pero no podía disimular mis nervios.

– ¿Me vas a coger duro? – el Matt del celular eligió el momento menos oportuno para su frase sexual.

Matt miró el video reproduciéndose y luego me miró a mí. Luego, sin ninguna intención de disimular, descendió su mirada hacia mi entrepierna.

– ¿Te estabas tocando con un video mío? – preguntó.

Debería estar consternado. Su padre, o al menos quien cumplió su rol paterno, había descubierto su video viral. Sin embargo, Matt lo encontraba placenteramente divertido.

– Yo… – quise decir, pero no me encontraba con ninguna excusa. ¿Qué excusa pondría? Decidí cambiar la directiva, aceptar mi rol de adulto. Esto era, reprender a mi hijastro por un video pornográfico que estaba volviéndose viral. – Mis compañeros me mostraron este video… ¿En qué estabas pensando?

– ¿Qué tiene de malo? – preguntó Matt, encogiéndose en hombros. – Es sólo un video porno. Todo el mundo tiene uno.

La insolencia con la que se tomaba la situación me alteró. Yo no es que fuera de una generación tan extraña como para perderme la nueva moda. Era cosciente de que la gente filmaba videos y los compartía como si fuera una hazaña con la que sentirse orgulloso. Actualmente, los límites de la intimidad no existían.

– Pero vos… – murmuré. – Mis compañeros de trabajo lo vieron.

– ¿Y? – preguntó. – No sos vosel que sale en los videos.

– ¿Acaso no te preocupa en tu madre? – pregunté. – En lo que le causará si ella lo descubre.

– Tampoco ella sale en los videos, ¿o sí? – preguntó, arqueando una ceja. – Estoy seguro que no. Sólo lo hago con hombres. Y el video que estás viendo tampoco es uno de los mejores. Hay un video en donde estoy con dos…

Quise darle una bofetada. Me acerqué a él con violencia, queriendo imponerle respeto. Se calló, pero lejos de mostrar miedo, mostró interés.

Nuestros cuerpos se acercaron. Sentía mi entrepierna chocar contra su cadera, por encima de su bulto. Matt no resistió el impacto, sino que más bien se acercó más hacia mí.

– Sos un insolente – le dije. Quise sonar enfadado, pero no me salió. – Deberíamos echarte de esta casa.

– Me iré de todos modos al iniciar la universidad – dijo, encogiéndose de hombros. – Tendrás que buscar otra forma de castigarme.

Sonrió.

¿Por qué sonreía?

Me estaba provocando y yo, ingenuo y expuesto por lo que encontró al llegar, estaba cayendo desarmado ante un truco tan poco sutil.

– ¿Querés que te castigue? – pregunté.

– He sido un chico malo, ¿no te parece? – retrucó.

Ya no aguanté más. Con violencia, mis labios se tiraron sobre los suyos y se mezclaron en un apasionado beso que Matt devolvió.

Esa boca, que tantas vergas habría chupado (al menos, más de tres según parecían los cálculos) estaba abriéndose para dejar entrar a mi lengua.

Sus manos fueron hacia mi abdomen, mezclando sus manos grandes entre mis vellos rubios. Las mías, en cambio, atacaron sus rulos como si fuera un campo por el que quería hacer surcos.

Me aparté de él, lentamente. Un hilo de saliva quedó pendiente entre nuestros labios, casi imperceptible.

– Esto es un error – le dije, pero no me moví.

– Me encantan los errores – afirmó, volviendo a acercar sus labios.

Cuando volvimos a entrelazarnos, con la misma furia de los carentes de afectos, le quité su camiseta. Su cuerpo era lampiño, tan blanco y suave que mis manos resbalaban por su piel.

Sus manos descendieron hacia mi entrepierna y la tomaron con firmeza, por encima de mis pantalones cortos.

– No tenés idea de cuánto tiempo te miraba esperando tenerlo entre mis manos – me confesó.

Era un enfermo. Un perturbado. Y yo, lejos de alejarme o apartarlo, lo que me dijo me encendió todavía más. Matt me miraba con deseo de quien sabía hace cuánto tiempo.

– Ahora podés tenerlo en tu boca – le respondí.

Sonrió comenzando a arrodillarse ante mí con lentitud, como si fuera parte de un baile coreografiado. Descendió mis pantalones y cayeron a la raíz de mis piernas. Mi miembro duro saltó a su cara. Ya tenías unas gotas transparentes que querían escapar de allí.

Matt lo tomó en sus manos, mi miró con el mismo rostro sonriente que observaba al que le estaba filmando y finalmente cumplió su sueño erótico de quien sabe cuánto tiempo.

Mi propio hijastro me la estaba mamando. ¡Y lo bien que lo hacía! Lo del video no era una falsa publicidad. Matt sabía saborearla como si tuviera años de experiencias (no quería imaginarme cuántos años de experiencia tenía encima porque eso hubiera sido peor).

Tal como hizo con el hombre del video, también metió mis testículos en su boca. Los chupaba de a uno, les daba pequeños mordiscos que me erotizaban todavía más. Se reía.

Matt disfrutaba de mi herramienta frente a su cara.

– Me encanta lo que tienes – me dijo. Mientras me miraba, masturbaba suavemente mi verga.

– ¿La deseaste mucho tiempo? – le pregunté.

– Desde hace mucho – respondí. – Encima tú me seguías calentando con el correr de los años. Cada año te ponías más bueno.

Creo que me ruboricé por el cumplido. Quizá era la reacción más estúpida, pero realmente no me lo esperaba.

– Cada verano que íbamos a la playa y el agua mojaba tus pantalones… – comentó. – Cuando volvíamos a casa, me encerraba a tocarme pensando en ti. Me metías cosas dentro, pensando que era esto que ahora tengo en mis manos.

– Oh… Matt… – murmuré.

– ¿Querés mi cola? – preguntó.

– Sí… – respondí, con un suspiro que sonó a un lamento. – Quiero tu cola, hijo.

Largó una carcajada.

– Nunca me dijiste hijo – comentó.

– ¿Eso te molesta? – pregunté.

– No, al contrario – confesó. – Me enciende todavía más.

Se incorporó, tomó mi mano, me dio un beso suave en los labios y me guió hasta cerca de la pared opuesta al ventanal. Yo fui a pasos torpes y cortos, porque jamás consideré la opción de sacarme los pantalones que tenía sostenido entre mis tobillos.

Se colocó contra la pared y arqueó la espalda, dejándome sus nalgas a disposición. Eran tan grandes y firmes, exactamente como dos naranjas.

Lo primero que hice fue tomar cada una entre mis manos y luego apretar con alevosía. Matt gimió, seguido de una risa.

– ¿Te gustan? – preguntó.

– Ya te lo diré – respondí.

Bajé sus jean y su ropa interior de un solo tirón. Ahí estaban esas dos frutas, redondas y lampiñas, entregadas por completo a mi propio placer.

Me arrodillé ante él y metí mi cabeza entre ellas. Mi lengua no demoró mucho en encontrar su agujero. No tenía ningún gusto en particular, pero era un área sensible.

Otra vez la imagen de cuántos hombres habrán vertido su semen en su interior. No pude sino excitarme por ello y hundir más mi lengua recorriendo toda su piel.

Matt a estas alturas gemía pero sin la risa nerviosa que siempre se le cruzaba. Esta vez lo había llevado a mis límites del placer.

¿Cuál era mi morbo, después de todo, de poseer a la madre y al hijo? ¿De convivir con dos personas que me iban a satisfacer las veces que yo quería?

Me puse de pie, vertí un poco de saliva en mi miembro y entré lentamente en su cuerpo.

– Aaahhh… – gimió Matt.

– ¿Te duele?

– No… – respondió. – Hacelo de una vez. Me muero de ganas.

– ¿Tienes ganas de esto, eh? – pregunté.

– Sí… – dijo. – Sí, papá. Hacemelo. Cogeme.

Perdí por completo el control.

Sin mediar ninguna sutileza, mi rabo entró por completo entre sus piernas, de un sólo empujón y con la violencia que ameritaba el caso.

Matt pegó un alarido, pero llevé mis manos a su boca, para impedirle que continuara gritando.

– Vas a tener que aprender a callarte – le dije, al oído. – Porque ahora, cada vez que tenga ganas, entraré en tu cuarto para hacerte esto.

Mi propuesta, al parecer, consiguió dilatarlo, porque pude moverme con mayor facilidad en su interior.

– Sí… – gimió. – Vení cuando quieras. Cogeme cuando quieras.

– Cuando tenga ganas – le aclaré. – Vos siempre tenés que estar dispuesto a complacerme, hijo.

– Sí, papá – me respondió. Esta vez me dio gusto escucharlo y mis penetraciones fueron más fuertes. – Te complaceré siempre. Haré que estés orgulloso de mí.

No podía explicar lo orgulloso que estaba en ese momento.

Mi explosión llegó en el interior de su cuerpo, secándome por completo, vaciándome toda la adrenalina que tenía acumulada desde la insinuación del video. Sentí que mi cuerpo se desvanecía en aquella acabada.

Gemí con alivio, al tiempo que Matt volvía a su risa nerviosa.

Lentamente, retiré mi miembro de su interior, procurando no derramar semen en el piso.

Y cerré los ojos esperando sentir el rechazo, la culpa, el asco por lo que había hecho. Pensé que mi violencia vendría por mí y golpearía al muchacho por lo que acababa de suceder. Esas serían unas clásicas actitudes mías.

Sin embargo, no hubo culpa ni asco. Contrario a eso, cuando Matt se levantó los pantalones y se giró para mirarme, vi al niño hermoso que había criado durante todos estos años.

Matt me miraba, expectante, buscando una resolución a la situación. Buscaba mi decisión sobre cómo seguir a partir de ahora.

Me acerqué y le di un nuevo beso en los labios. Le di la respuesta con ese gesto.

– Te quiero, papá – me susurró, con morbo.

– Y yo a ti, hijo – le contesté.